Todos los días, Adela Martínez, una mujer de 35 años de edad, sin seguridad social y sin esperanzas de obtener una pensión, se levanta a las 5 de la mañana, cuando el estrepitar sonido, tirrin, tirrin del viejo y anticuado compañero: el reloj despertador retumba en sus oídos, esta señal, indica que debe asumir con responsabilidad su rol y ponerle fin a un gran descanso de 6 horas y asumir la realidad: preparar el desayuno, organizar el almuerzo que dejará en la estufa para sus hijos y empacar en su porta transparente lo que se comerá en la calle acompañado por una gaseosa en el mejor de los casos.
Todo esto lo hace, con el único fin, de que su familia tenga lo necesario para subsistir; estudio, alimentación y una vivienda digna. Muy ocupada en los quehaceres mañaneros reflexiona sobre su futuro y el de su hogar, y trae de sus recuerdos, episodios alegres que se convierten en lágrimas que descienden paulatinamente de sus ojos azules, como el inmenso y maravilloso cielo, cuando se aproxima una gran tormenta. Ahora, el sueño de morir con el hombre que había amado se convertía en un intenso invierno de dolor. Cada gota transcurre por sus mejillas rojizas, cuando su mente está en los tristes hechos que recuerda muy lamentablemente: la pérdida de su esposo.
Juan Guillermo, como se llamaba, murió en una circunstancia que nadie se hubiese imaginado: fue victima de un accidente automovilístico que le cobró la vida, transportando mercancía de ciudad a ciudad como lo conoció. Adela, recuerda el instante en que la enamoró y suspira cada vez que piensa en su romeo, un hombre cariñoso, amable, trabajador que la conquistó con su sonrisa y buen carisma. Me dejó matada cuando me entregó un ramo de claveles y de girasoles y que además iba con declaración de amor, yo no lo podía creer. que todo esto haya sucedido, en una estación de carga en abastos que frecuentaba para comprar más barato las verduras, las hortalizas y las papas, pero todo este idilio de romanticismo se empañaba cuando, también se acordaba de su último adiós que iba acompañado de dolor, tristeza, incertidumbre y desconcierto, por enfrentar las circunstancias que le traería el destino.
Y en medio de su desconsolación recuerda que fijó un pacto con él. Y el mismo símbolo que utilizó para ello, fue el ramo de claveles y de girasoles que en algún día la enamoró y que ahora sería para su despedida en el lecho de su muerte. Con gran melancolía las arrojó al cajón, donde yacía muerto, desfigurado por las secuelas y consecuencias de ese nefasto accidente.
Le hizo una promesa a ese féretro que jamás olvidaría “voy a responder por nuestros hijos y que él desde lo más alto, donde estuviera le pediría para que la ayudara a soportar la cruda realidad: de ser padre y madre a la vez”.
Por eso, cree que es muy paradójico lo que le sucede y suelta una risa entrecortada de resignación y de sentimientos encontrados porque, primero, está viviendo de los claveles, girasoles que en algún momento fue sinónimo de tristeza y segundo, por medio de estas lisonjas proporciona alegría y recuerdos a las parejas recién enamoradas.
Sin lugar a dudas, en un día tan especial como el de San Valentín, que se celebró en días pasados en los Estados Unidos y a la expectativa del día de la mujer el ocho de marzo acá en Colombia, es para ella un orgullo que por medio de este precioso fruto que brota de nuestra tierra, haga feliz a muchas parejas cariñosas, no sólo del resto del mundo, sino también de nuestro país y trabajando recorriendo la calle y en los semáforos estacionada con su barril que contiene agua y azúcar que usa para tener en remojo y frescas su riqueza, las flores, cree que aporta un granito de arena para que se disparen pétalos de amor y no balas de intolerancia.
Y que mejor que con una de las bellezas que frota de la naturaleza, con sus pétalos rojos, suaves, bien definidos, con su tallo verde y su olor penetrable a dulzura, se demuestre que es la expresión de afecto que tiene un ser humano hacia otra persona. Es por ello, que aunque gane poco menos de un salario mínimo al mes se siente que con responsabilidad, orgullo y sobre todo, con la consigna de que no le está haciendo mal a nadie, logrará la meta que se propuso y le prometió a su esposo en el cementerio. Salir adelante sobrellevando las adversidades de una sociedad, en donde el empleo es un privilegio para unos pocos. Y en su lugar más frecuentado para vender sus “rositas” como le dicen algunos peyorativamente, sobre la caracas, uno de los muchos sectores muy conocidos en la Capital de la República por la cantidad de flores que allí se comercializan, envía una voz alentadora a las personas que trabajan en la informalidad para que lo hagan con mucho entusiasmo, sin embargo, la protagonista de esta historia no tiene estómago de piedra ni vive en una mansión. Específicamente reside en uno de los barrios más recónditos al sur de Bogotá “Altos de Cazucá”, le queda de extremo a extremo, a dos horas de camino en TransMilenio ve con otros ojos su futuro y le apuesta a una país, donde no tenga más sufrimiento y dolor, y recuerda con tanto agrado una anécdota en donde ella sería la celestina, resulta que una vez llegué a un bar, donde estaba una pareja discutiendo y se decían que ya no se iban a casar y fue ahí donde creí que podría ayudar y me acerqué y ofrecí mis claveles y girasoles al joven iracundo, él no me prestó atención, y me ignoró totalmente, sin embargo, el color y el aroma de esta belleza mis flores, hizo que aquel muchacho se abalanzara y me alcanzara a la salida del local y tomándome de un brazo me pidió que le vendiera todas esas flores, yo muy alegre le di un descuento del 50 porciento, recuerdo tanto esa tarde que me fui temprano para mi casa con mis cuarenta mil pesos.
Aunque, no todas las veces es así, la desilusión de no conseguir para el diario, cansada de recorrer algunas calles discotecas, cafeterías del centro. Y sumándole el rugir de su estómago, le hacen olvidar por instantes esa idea utópica de cambio y concibe otras alternativas de entradas económicas; como por ejemplo, el de vender su cuerpo por unos pesos para pagar lo que no le alcanza con el producido de las flores. Solamente piensa en esa como opción en momentos de desespero, pero cree que con la ayuda de Dios no lo va hacer nunca.
Si bien, en unas épocas le va mal como el de llegar a su casa con las flores marchitas y con ocho mil pesos en sus bolsillos, en otras no se puede quejar y entre ellas están las fechas especiales como; el día de la mujer, el día de la madre, el de la secretaria, el del amor y de la amistad y demás momentos especiales, no contando los clientes que saben donde vive y que la buscan para las fiesta de quince, los matrimonios, y arreglos fúnebres; arrojando un producido de 35 mil pesos en promedio que gana de estos compradores potenciales, haciendo que la jornada se torne de lo difícil a lo más llevadero. Y para esos tiempos memoriza que lleva pollo y carne a su humilde vivienda y festeja con sus dos hijos: Camilo y Laura una victoria de la gran batalla.
*el nombre de las personas se han cambiado por petición del testimoniante
Todo esto lo hace, con el único fin, de que su familia tenga lo necesario para subsistir; estudio, alimentación y una vivienda digna. Muy ocupada en los quehaceres mañaneros reflexiona sobre su futuro y el de su hogar, y trae de sus recuerdos, episodios alegres que se convierten en lágrimas que descienden paulatinamente de sus ojos azules, como el inmenso y maravilloso cielo, cuando se aproxima una gran tormenta. Ahora, el sueño de morir con el hombre que había amado se convertía en un intenso invierno de dolor. Cada gota transcurre por sus mejillas rojizas, cuando su mente está en los tristes hechos que recuerda muy lamentablemente: la pérdida de su esposo.
Juan Guillermo, como se llamaba, murió en una circunstancia que nadie se hubiese imaginado: fue victima de un accidente automovilístico que le cobró la vida, transportando mercancía de ciudad a ciudad como lo conoció. Adela, recuerda el instante en que la enamoró y suspira cada vez que piensa en su romeo, un hombre cariñoso, amable, trabajador que la conquistó con su sonrisa y buen carisma. Me dejó matada cuando me entregó un ramo de claveles y de girasoles y que además iba con declaración de amor, yo no lo podía creer. que todo esto haya sucedido, en una estación de carga en abastos que frecuentaba para comprar más barato las verduras, las hortalizas y las papas, pero todo este idilio de romanticismo se empañaba cuando, también se acordaba de su último adiós que iba acompañado de dolor, tristeza, incertidumbre y desconcierto, por enfrentar las circunstancias que le traería el destino.
Y en medio de su desconsolación recuerda que fijó un pacto con él. Y el mismo símbolo que utilizó para ello, fue el ramo de claveles y de girasoles que en algún día la enamoró y que ahora sería para su despedida en el lecho de su muerte. Con gran melancolía las arrojó al cajón, donde yacía muerto, desfigurado por las secuelas y consecuencias de ese nefasto accidente.
Le hizo una promesa a ese féretro que jamás olvidaría “voy a responder por nuestros hijos y que él desde lo más alto, donde estuviera le pediría para que la ayudara a soportar la cruda realidad: de ser padre y madre a la vez”.
Por eso, cree que es muy paradójico lo que le sucede y suelta una risa entrecortada de resignación y de sentimientos encontrados porque, primero, está viviendo de los claveles, girasoles que en algún momento fue sinónimo de tristeza y segundo, por medio de estas lisonjas proporciona alegría y recuerdos a las parejas recién enamoradas.
Sin lugar a dudas, en un día tan especial como el de San Valentín, que se celebró en días pasados en los Estados Unidos y a la expectativa del día de la mujer el ocho de marzo acá en Colombia, es para ella un orgullo que por medio de este precioso fruto que brota de nuestra tierra, haga feliz a muchas parejas cariñosas, no sólo del resto del mundo, sino también de nuestro país y trabajando recorriendo la calle y en los semáforos estacionada con su barril que contiene agua y azúcar que usa para tener en remojo y frescas su riqueza, las flores, cree que aporta un granito de arena para que se disparen pétalos de amor y no balas de intolerancia.
Y que mejor que con una de las bellezas que frota de la naturaleza, con sus pétalos rojos, suaves, bien definidos, con su tallo verde y su olor penetrable a dulzura, se demuestre que es la expresión de afecto que tiene un ser humano hacia otra persona. Es por ello, que aunque gane poco menos de un salario mínimo al mes se siente que con responsabilidad, orgullo y sobre todo, con la consigna de que no le está haciendo mal a nadie, logrará la meta que se propuso y le prometió a su esposo en el cementerio. Salir adelante sobrellevando las adversidades de una sociedad, en donde el empleo es un privilegio para unos pocos. Y en su lugar más frecuentado para vender sus “rositas” como le dicen algunos peyorativamente, sobre la caracas, uno de los muchos sectores muy conocidos en la Capital de la República por la cantidad de flores que allí se comercializan, envía una voz alentadora a las personas que trabajan en la informalidad para que lo hagan con mucho entusiasmo, sin embargo, la protagonista de esta historia no tiene estómago de piedra ni vive en una mansión. Específicamente reside en uno de los barrios más recónditos al sur de Bogotá “Altos de Cazucá”, le queda de extremo a extremo, a dos horas de camino en TransMilenio ve con otros ojos su futuro y le apuesta a una país, donde no tenga más sufrimiento y dolor, y recuerda con tanto agrado una anécdota en donde ella sería la celestina, resulta que una vez llegué a un bar, donde estaba una pareja discutiendo y se decían que ya no se iban a casar y fue ahí donde creí que podría ayudar y me acerqué y ofrecí mis claveles y girasoles al joven iracundo, él no me prestó atención, y me ignoró totalmente, sin embargo, el color y el aroma de esta belleza mis flores, hizo que aquel muchacho se abalanzara y me alcanzara a la salida del local y tomándome de un brazo me pidió que le vendiera todas esas flores, yo muy alegre le di un descuento del 50 porciento, recuerdo tanto esa tarde que me fui temprano para mi casa con mis cuarenta mil pesos.
Aunque, no todas las veces es así, la desilusión de no conseguir para el diario, cansada de recorrer algunas calles discotecas, cafeterías del centro. Y sumándole el rugir de su estómago, le hacen olvidar por instantes esa idea utópica de cambio y concibe otras alternativas de entradas económicas; como por ejemplo, el de vender su cuerpo por unos pesos para pagar lo que no le alcanza con el producido de las flores. Solamente piensa en esa como opción en momentos de desespero, pero cree que con la ayuda de Dios no lo va hacer nunca.
Si bien, en unas épocas le va mal como el de llegar a su casa con las flores marchitas y con ocho mil pesos en sus bolsillos, en otras no se puede quejar y entre ellas están las fechas especiales como; el día de la mujer, el día de la madre, el de la secretaria, el del amor y de la amistad y demás momentos especiales, no contando los clientes que saben donde vive y que la buscan para las fiesta de quince, los matrimonios, y arreglos fúnebres; arrojando un producido de 35 mil pesos en promedio que gana de estos compradores potenciales, haciendo que la jornada se torne de lo difícil a lo más llevadero. Y para esos tiempos memoriza que lleva pollo y carne a su humilde vivienda y festeja con sus dos hijos: Camilo y Laura una victoria de la gran batalla.
*el nombre de las personas se han cambiado por petición del testimoniante
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